samedi 15 août 2009

LETRALIA 214

Encubrimientos literarios
Escritores con nombres falsos, máscaras, hoaxes, trampas, forgery

Escribir, a veces, es inventar una(s) vida(s) que bien pudiera ser propia(s). Varios escritores llevan el asunto al extremo y aparentan como espías identidades ficticias para publicar sus libros y ocultarse.

Simulada es la aparente creación desinteresada de trascendencia de muchos artistas. Aunque muchos escritores alegan crear sus obras por razones altruistas, estéticas, denunciatorias y hasta para divertir y enseñar; casi ninguno puede esconder su aspiración de fama e inmortalidad. Ese deseo de tener en el futuro un par de centímetros cuadrados en las enciclopedias y en los listados de autores prodigiosos: el anhelo de ser leídos muchos años después de su desaparición.

Con el deseo de durar en la memoria de otros, algunos escritores se contradicen e inventan una biografía imaginaria para echar a andar una carrera literaria fracasada con un nuevo nombre o para seguir una vida literaria pero publicar con una identidad distinta. En otras circunstancias, la falsificación de la autoría, tomada por muchos como cierta, parte del impulso por tender una trampa al lector y a los medios de comunicación sobre el infortunado culto a la vida de los autores por encima de sus creaciones. También hay encubrimientos con alias desinteresados producto del inteligente juego intelectual planeado por una editorial y/o los autores.

Onomácrito, por ejemplo, fue desenmascarado por Hiparco —hijo del rey griego Pisístrato— en el siglo VI a. C., pues puso a la luz cómo algunas de las predicciones del clarividente Museo no eran sino textos suyos velados con la firma del otro.

Posteriores casos son Los protocolos de Sión y La donatio costantini. El primer texto fue inventado por la Orjana —el servicio secreto del Zar de Rusia en el siglo XIX— y traducido por Sergei Nilus y usado para fomentar el antisemitismo ante la supuesta amenaza de un plan de supremacía mundial judío, descrito en los protocolos, que eran supuestas transcripciones secretas del Primer Congreso Sionista de Basilea de 1897, pero en realidad resultaron ser plagio de Diálogos entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly. La donatio fue por su parte un documento apócrifo, atribuido a Constantino I, gobernante establecedor del catolicismo como religión del Imperio Romano. En el texto el emperador entregaba a la Iglesia Católica, encabezada entonces por Silvestre I, el domino del territorio de Italia y vastas zonas en Occidente próximo y el Oriente lejano del imperio. Se calcula la falsificación por el año de 775 y su autor aún sigue anónimo.

Un hecho más reciente ocurrió en 1836, cuando el historiador Richard Hildreth publicó las memorias de un esclavo negro en los estados del Sur de la unión americana como Archy Moore, haciendo pasar su prosa por la del cautivo irreal. La superposición de las identidades aquí pasa como un pecado venial, pues el fin de Hildreth era sensibilizar sobre los desmanes con los esclavos y pedir igualdad de derechos para todos los hombres.

En el siglo pasado muchos relatos y novelas policíacas (Seis problemas para Isidro Parodi, Doce figuras del mundo, Un modelo para la muerte, Nuevos cuentos de Bustos Domecq, entre otros) aparecieron bajo los nombres de Benito Suárez Lynch y Honorio Bustos Domecq. Tiempo después se supo que no había tales autores sino la invención de ellos por los argentinos Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, quienes escribieron a cuatro manos escondidos bajos esos seudónimos.

La tendencia por usar un nombre secundario para publicar literatura policíaca u otra considerada de segunda clase, ha llevado a Juan Eslava Galán a publicar sus novelas detectivescas y sobre temas medievales como Nicholas Wilcox. Igual en apariencia han hecho Carlos Fuentes, supuesto autor verdadero de Los misterios de la ópera,publicada bajo Emmanuel Matta y Ana Rosa Quintana, con el apodo de Peter Harris, siendo el pretendido autor de La conspiración del templo y El enigma Vivaldi.

La biografía de Peter Harris (San Antonio, California, 1951) es improbable: de pequeño quiso ser cura pero se evangelizó escritor; fanático de la música de violín y del Barroco, por lo tanto de Vivaldi y la ciudad de Venecia. Habita en la Costa del Sol, España, e investiga y traduce documentos en El Vaticano.

Un encubrimiento único, por encima de los hasta aquí referidos, fue cuando Irwin Corey —pionero del stand-up comedy— recogió el National Book Award de ficción de 1974 por El arco iris de gravedad —premio compartido entre Thomas Pynchon e Isaac Bashevis Singer— haciéndose pasar por el inescrutable Pynchon. Harold Bloom, voz muy autorizada de las letras norteamericanas, reduce la biografía de Thomas Ruggles Pynchon a: “Nacido el 8 de mayo de 1937 en Glen Cove, Nueva York. Criado como católico. Estudiante de ingeniería física e inglés en Cornell. Alumno temporal de Vladimir Nabokov —escritor ruso, autor de Lolita—; soldado de la marina durante dos años e ingeniero de Boeing Aircraft. Más o menos desde la década del sesenta se pierde conocimiento de su vida después de publicar V. Algunos sugieren que él es J. D. Salinger —autor de El guardián en el centeno— publicando bajo otro firma, otros que es el autor del guión de la serie de televisión Mystery science theater 3000. Hay quienes niegan su existencia y atribuyen sus obras a un grupo de escritores que prefieren permanecer en el anonimato. Se dice que ha vivido en México D.F., Boston, Londres, California y Nueva York. De existir, Pynchon decidió al inicio de su carrera que su trabajo debía preceder a su fama. Se rumora sobre su adicción a la comida chatarra y a la televisión”.

Casas Ros & familia

Fernando Pessoa fue un escritor portugués que tuvo en vida más de cuarenta nombres clandestinos para escribir literatura y periodismo, entre ellos están: Fernando Caeiro, Alvaro Do Campos, Ricardo Reis, Chevalier de Pas, Alexander Search, Charles Robert Anon, A.A. Cross, Antonio Mora, Bernardo Soares, Vicente Guedes, Coelho Pacheco, Abilio Cuaresma, Inspector Guedes, Rafael Baldaya, Faustino Antunes, Barão de Teive, Jean-Seul de Méluret, Dr. Gomes, Tío Puerco, Pero Bothello. Cada nombre corresponde a una ideología, gustos y formas de ser definidas, y todos son y no son Pessoa.

Frederick Philip Grove nació en Radomo, antigua Prusia. Fue bautizado comoFelix Paul Greve y creció en Hamburgo. Al llegar a Manitoba, Canadá, a comienzos del siglo veinte, adoptó el nombre de Frederick Philip Grove y se hizo pasar por anglosueco. También usó otros nombres y nacionalidades: F. C. Gerden para publicar traducciones canadienses de Ernest Dowson y Robert Browning y Honrad Thorer para las de Miguel de Cervantes y Alaine-René Lesage.

Jusep Torres Campalans y Luis Álvarez Petreña son entelequias creadas por el novelista Max Aub. Develadas por el mismo Aub, las suplantaciones fueron famosas por inventar las vidas de escritores y pintores con el fin de burlar la presunción de los coleccionistas y los corredores de arte.

Pedro-Juan Valencia, autor de Eclipse de cuerpo, es posiblemente el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo. Si Pedro-Juan existe es un ex criador de perros, ex traductor perseguido por toda Latinoamérica por asuntos sombríos y actualmente reside en el Caribe.

Laura Albert timó por más de seis años a la industria editorial, la prensa mundial y muchas celebridades fotografiadas con el fementido J. T. LeRoy: supuesto joven narrador de sus experiencias personales como prostituto y drogadicto en el estado de Virginia, rubio y portador del VIH. El director de cine Gus Van Sant estuvo cerca de adaptar su novela Sarah, pero declinó cuando la treta fue desenmascarada en una corte judicial, en donde Albert concedió ser el autor verdadero de los libros y se supo de la personificación de su cuñada como Leroy.

William Oldham, cantante indie y poeta, ha ideado el personaje de Bonnie “Prince” Billy para su nombre artístico. Ha cambiado el nombre de su banda muchas veces.

Francisco Casavella fue el seudónimo de Francisco García Hortelano, recientemente fallecido. Nunca firmó con su nombre de pila para evitar posibles conflictos de filiación con el autor Juan García Hortelano.

En compañía de los anteriores va ahora campante el mito de Antoni Casas Ros, titular de El teorema de Almodóvar. El teorema es ficción autobiográfica sobre un matemático catalán con el rostro desfigurado luego de un accidente automovilístico contra un venado, en la noche de celebración de sustentación de tesis. El personaje, el mismo Antoni, nos habla del renacer de su vida cuando decide dedicarse a la literatura y descubre el cine de Pedro Almodóvar y la sexualidad con transexuales y el gusto de observar los barcos en el puerto de Génova. Dice el escritor Tryno Maldonado haber visto a Casas Ros en la XVIII Feria del Libro de Oaxaca, México de 2008. Algunos dicen que es un invento de Seix Barral para vender libros como churros calientes, otros hablan de las posibles firmas detrás del nombre ¿falso?: Rodrigo Fresán, Sergie Pàimes, Eduardo Mendoza y Vila-Matas.

Si sobresale el asunto de Casas Ros es porque la escritura de la novela es de altura y ya ha recibido en Italia la distinción de Mejor Libro Novel de 2008. El misterio sobre la identidad de Casas Ros parece la copia local del mito de Pynchon para la comunidad hispana. A lo mejor Thomas Pynchon sea Casas Ros con un seudónimo prestado a Pessoa.

Estos fingimientos parecen obligar a una lectura sin preocupaciones por la vida del autor, para seguir la sugerencia de más de dos mil años del Oráculo de Delfos con una adición: “Conócete a ti mismo”,así sea leyendo a un desconocido.

jeudi 30 juillet 2009

manie malone

mardi 14 juillet 2009

SOUS LES MOTS,
LA VAGUE

Il y a bien, oui, un mystère Casas
Ros. Pas spécialement celui qui
s'attise aux rumeurs liées à l'identité
de l'auteur - dont nul ne connaît le
visage -, mais celui de cet espace
de liberté très singulier, peut-être
extensible, que semble lui procurer
l'écriture. Car que cette appropria-
tion de la liberté apparaisse comme
une sorte d'évidence pour n'importe
quel écrivain un peu respectueux de
son art est une chose, qu'elle soit
investie avec autant de sensibilité,
d'amplitude, d'intériorité, n'est tou-
tefois pas aussi fréquent.
Tout n'est sans doute pas parfait
dans ces trente-neuf très brefs récits
- qu'il serait peut-être plus judicieux
de qualifier de fusées que de nouvel-
les: la féconde contrainte du court
peut entraîner, à tel ou tel moment,
quelque trait un peu forcé, et l'on ne
peut complètement se débarrasser
de l'idée selon laquelle il y avait dans
l'exercice quelque chose qui relevait,
en partie du moins, du défi ou de la
performance. Cette impression
s'évanouit cependant très vite, tant
on ne peut demeurer impassible
devant la mélancolie souveraine où
nous entraînent les visions de Casas
Ros, devant cette oscillation perrna-
nente entre les facéties de l'exis-
tence et l'abattement de vivre.
Comme s'il y avait une concrétude
de l'imaginaire, un soubassement
douloureux à tout onirisme. Cette
jeune fille, croisée dans un train,
dont on comprend que l'étui noir lui
sert à autre chose qu'à trimballer tel
ou tel instrument de musique, tout
comme cette belle nageuse unijam-
biste, l'étrange sensation que pro-
cure l'observation de nos corps (et
de nos oreilles), ce corps qui nous
échappe et qui fuit devant le miroir,
l'invention d'une langue pour l'écri-
ture d'un livre infini, ce lecteur qui
voudrait pouvoir réécrire la chute
des livres qu'il aime, ce fantasme de
« rendre à la forêt son bois sous
forme de livres qui prendraient la
forme d'arbres », ce ballon de foot-
ball qui vole au-dessus de la terre et
se laisse rebondir au gré des coups
qu'on lui donne, tout ramène à cette
certitude: « on peut écrire dans le
vide, pendant la chute vettiqi-
. neuse ». Aussi, sous son titre aux
allures de manifeste, Mort au
romantisme nous gifle autant qu'il
nous caresse. La gifle, c'est ce
regard porté en marge absolu du
monde, la rudesse et la concision
poétiques de ces visions où corps et
esprits humains se trouvent défor-
més, distendus, redessinés, redéfi-
nis, cette manière de nous rappeler à
nous-mêmes. La caresse, c'est la
tristesse lointaine et sans doute ina-
paisable qui inspire ces visions, cette
ironie défaite dont Casas Ros teinte
la peine d'un monde impraticable.
« On ne peut pas toujours sourire à
celui qui souffre », écrit-il dans la
fusée qui ouvre le recueil, et qui me
semble assez bien résumer ce à quoi
l'écrivain va puiser.
Tout est finalement très beau dans
ce livre, écrit d'une plume vive et
grave à la fois, efSi l'on ne peut être
également sensible à l'ensemble des
textes, tous rayonnent d'une
urgence dont on peut espérer qu'elle
soit, d'un certain point de vue, salva-
trice. Lire Casas Ros, c'est en quel-
que sorte revenir aux points cardi-
naux de l'humain, retrouver ces
idées que les minutes de l'existant
nous invitent à chasser d'un mouve-
ment plus ou moins conscient sous
le seul prétexte qu'elles seraient trop
insaisissables, ou trop dérobées, ou
trop occultes, ces petites choses qui
ne sont pas tout à fait des idées
encore, seulement des fulgurances
qu'il nous faut tenir à distance res-
pectable si l'on veut supporter de
vivre. Sans chercher dans ces textes
un caractère souterrain ou psycholo-
gique que l'auteur n'a sans doute
pas voulu lui donner, on se dit que
pourrait y reposer une aspiration à
découvrir ou à recouvrer une terre
vierge, un de ces mondes perdus de
nos enfances: «II foule une herbe
fraÎche et se met à penser qu'aucun
être humain avant lui n'a emprunté
cet itinéraire, que personne n 'y a
laissé la trace de son pas. Un sentier
est en train de nsître. »Nous ne pou-
vons nous défaire de ce qui nous
constitue comme humains, récepta-
cles inaboutis pour les vents contrai-
res. Il nous faut reconnaître l'incom-
plétude de notre rapport au monde,
vivre avec cette souffrance de ne
pas pouvoir nous y mouvoir autant
que la vie nous y inviterait, sauf à
avoir l'impression de renier quelque
chose de marmoréen en nous; cou-
rir, finalement, après « ce lieu insi-
tuable où toutes les vagues de la
conscience jaillissent sans début et
sans fin»; et constater qu'on ne
peut s'accrocher au réel de la vie
sans faire la part belle à un imagi-
naire fors lequel elle-même partirait
en fumée. Comme nos rêves.

M. Villemain
Le magazine des livres
MORT AU ROMANTISME, Antoni Casas Ros,

vendredi 26 juin 2009