dimanche 30 mars 2008

ENRIQUE VILA-MATAS

El catalán desfigurado

ENRIQUE VILA-MATAS 30/03/2008

1 - No, no soy Casas Ros. Si queda alguien por ahí que todavía lo sospecha, será mejor que vaya descartando la idea. ¿Cómo voy a ser Antoni Casas Ros? De acuerdo en que su condición de escritor invisible -su rostro quedó desfigurado por un accidente y no quiere aparecer en público, no le han visto nunca ni sus editores ni su agente- permite toda clase de especulaciones. De acuerdo en que resulta, además, sospechoso que encabece su primera novela, Le théorème d'Almodóvar, con una cita de Roberto Juarroz y que esa cita haya sido una especie de amuleto de mis últimos libros: "En el centro del vacío hay otra fiesta". Y de acuerdo también en que, al comentar en Le Nouvel Observateur su admiración por Cortázar, Calders, Bolaño, Fresán, Murakami y otros -una lista de autores favoritos asombrosamente parecida a la mía-, ha contribuido aún más a crear equívocos, incluidos los de que yo mismo me he creado dentro de la confusión propiciada por la necesidad constante de ser otro.

Pero, ¿cómo voy a ser Casas Ros, que nació en la Cataluña francesa en 1972 y vive ahora en Roma y antes en Barcelona, Niza y Génova y escribe en lengua francesa y su madre es italiana del Piamonte y su padre es catalán, un acomplejado inmigrante que le privó de un contacto con su "cultura de sangre" al pretender que le vieran como francés, lo que, en revancha, inyectó en el hijo la convicción de que su alma es catalana? No, no soy Casas Ros, como tampoco creo que lo sea Sergi Pàmies, que el otro día en Libération comentaba que en un FNAC de Barcelona compró Le théorème d'Almodóvar de un tal Casas Ros, publicado por Gallimard, y enseguida escuchó ciertas músicas del azar y cayó en la cuenta de que él, Sergi Pàmies, escritor catalán nacido en Francia que escribía en catalán, se disponía a leer en Barcelona la novela en francés de un francés de origen catalán que vivía en Roma.

¿Pero quién es Casas Ros? En El teorema de Almodóvar, que acaba de publicarse en su versión española, puede verse que es pariente lejano de aquel clérigo que llevaba un velo negro en el rostro en un cuento de Hawthorne y al mismo tiempo es alguien que no escatima elogios hacia la escritura como medio de supervivencia y de sabotaje. Y no es para menos, porque aquélla le ha salvado la vida. Leyéndole, veo que coincido con muchos de sus ángulos de visión de lo literario y que, sobre todo, no puedo más que envidiarle, porque Casas Ros es en el fondo lo que yo hubiera querido ser: un escritor francés sin imagen, y un enamorado, en la distancia, del factor catalán.

La novela cuenta la historia del propio Casas Ros: "Nadie me ha visto desde hace quince años. Para tener una vida, hace falta un rostro. Un accidente destruyó el mío y todo se detuvo una noche, a mis veinte años. Desde entonces he leído con pasión, y aparte de eso no he tenido gran cosa que hacer. Desde la Vita nuova hasta Los detectives salvajes, ningún escrito autobiográfico se me ha pasado por alto...".

Nadie le puede ver. Al principio creyó a los médicos, pero la cirugía reparadora no pudo quitarle su semblante de estilo cubista y hoy su cara remite a "una foto movida que puede recordar vagamente a un rostro". Nadie le puede ver, pero en el libro establece contactos con Lisa, un transexual, y con el cineasta Pedro Almodóvar, relaciones que le van abriendo perspectivas. La abstracción a la que somete su vida social le permite descubrir un mundo de regiones inferiores que, abierto a los espacios más inéditos de los márgenes, le permite vivir y comunicarse sin tener que imponer a nadie -la literatura es su salvación- su rostro de catalán desfigurado.

2

- Se diría que el invisible Casas Ros, que vive en la literatura, desgarra con fuerza el papel al escribir. Es como si lo agujereara con un procedimiento similar al del accidente que sufrió, como si hubiera considerado necesario que en el libro asomara el deterioro, el desgaste, el hundimiento al que debe someterse toda escritura que quiera exponer al mundo un accidente como el que le privó de una existencia normal y le dejó sin vida social, una vida agujereada. Desde entonces no sale de día y, a la manera de un fantasma de la Ópera, sólo vagabundea en las noches cerradas, mezclándose de lejos con hombres y mujeres, a los que mira como si tuviera lentes de orfebre: extraña forma de vida.

"Escribo únicamente para comprender cómo puede haber otra fiesta en el centro del espacio vacío", dice esta especie de hombre elefante con rostro cubista, dotado de un talento especial para las matemáticas, que vive refugiado en el álgebra, Newton, los libros, los teoremas cubistas y el cine, y cuya escritura se abre a grandes horizontes y fiestas de soledad que seguramente habrán de obligarle en el futuro a permanecer siempre oculto, lo cual no deja en cierta forma de parecerme envidiable, pues ya me gustaría a mí poder cultivar la presencia de mi ausencia para desde la tabla rasa, desde el grado cero de la literatura, hacerme fuerte y sacar hondo partido de esa situación de invisibilidad que permite contemplar a los otros desde un radical realismo interior.

"Me gusta esta terraza, pero mi vida está complicándose demasiado", dice el narrador hacia el final del libro, y creo que acierta al intuir futuras dificultades, porque si bien es verdad que ha dado con una terraza y una poética insólita de espacios inéditos, también lo es que, si desea mantener ese discurso solitario, tendrá que mantenerse en sus trece y pagar el duro tributo de no ser jamás visto en la vida. Se ha metido en un buen lío este catalán oculto en Roma. Si me preguntara, le diría que, a pesar de todo, no deje pasar tan fantástica oportunidad y perspectiva para su literatura de noctámbulo solitario, y que bajo ningún pretexto abandone la atalaya cubista. "Una vez dentro, ya hasta el cuello", que decía Céline.

vendredi 21 mars 2008

Fabrice Pliskin
Le Nouvel Observateur

Un entretien avec Antoni Casas Ros

L'homme sans visage

Il avait 20 ans quand un accident de voiture l'a défiguré. Auteur d'un premier roman, «le Théorème d'Almodovar», qui connaît un grand succès, ce Catalan de langue française explique ici comment l'écriture est devenue pour lui «un baume»


C'est l'homme sans visage. Son éditeur ne l'a jamais vu. Ils communiquent dans le cyberespace. Antoni Casas Ros avait 20 ans quand un accident de 4L a détruit ses traits. Dans «le Théorème d'Almodovar», premier roman greffé de lambeaux autobiographiques, Casas Ros, mathématicien à la triste figure, promène son «nez désastreux» et son «visage cubiste», semblable à quelque «paysage lunaire», dans les ruelles interlopes de Gênes, non loin du port, loin de sa Catalogne natale. A 37 ans, il vit en donnant des cours de maths sur internet et ne sort qu'à la nuit close, tel Erik, le fantôme de l'Opéra. Ecrit dans une prose enchanteresse et réparatrice, son «Théorème» n'est pas le témoignage d'une gueule cassée ni un récit psychochirurgical dans la manière du «Baiser d'Isabelle» de Noëlle Chatelet (Seuil) sur «l'aventure de la première greffe du visage» au CHU d'Amiens. «Je ne ressens pas la contrainte du réalisme», écrit le Catalan. Sur un air techno d'Aphex Twin, on y voit notre romantique freak donner hospitalité à un cerf surréaliste, pareil à celui de l'accident («Le cerf gravit les sept étages sans peine»), tourner un film avec Pedro Almodovar («La société protectrice des animaux refuse qu'on teigne le cerf en rose») ou s'énamourer d'un alter ego en la personne de Lisa, catin transsexuelle non opérée en minijupe de cuir bleu : «Je crois que je regarde son corps comme elle a contemplé mon visage.» Comme Amy Winehouse dit «no, no, no» à la cure de désintox, Antoni et Lisa disent «no, no, no» à la chirurgie. «J'ai peur de redevenir quelqu'un de normal, écrit l'auteur. De ne plus avoir aucune excuse pour vivre en marge du monde.» Ici, le commentaire est presque trop aisé : l'exigence de la littérature ne consiste-t-elle pas précisément à perdre son visage et à se dessaisir pour passer du «je» au «il», comme aime à le ressasser Maurice Blanchot ? C'est aussi sans doute la limite de ce livre charmeur : l'absence de visage y cache une belle âme à la candeur parfois un peu adolescente qui aurait fait sécession avec le monde et ses âpres contours : «Même Lisa ne peut faire que des incursions dans ce territoire sans forme qui est le mien.» Un homme tourmenté par les conflits psychanalytiques de la petite enfance («Comment as-tu pu tomber amoureuse d'un fasciste ?», demande le narrateur à sa mère) . Un poète de la «flottaison», qui voudrait que tous les corps ne fussent liés que par un «lien aussi léger qu'une aile d'albatros».



Le Nouvel Observateur. - Avez-vous subi un accident au visage comme le narrateur de votre roman ? Ou s'agit-il seulement d'une métaphore ?
Antoni Casas Ros. - Il y a dans mon roman une part de vérité et une part de fantaisie, et c'est précisément le mélange des deux qui a fait fonction d'exorcisme. L'écriture est devenue une sorte de baume que j'appliquais sur mon visage effectivement très marqué par l'accident. L'abstraction de la vie sociale et du phénomène de miroir dans le regard de l'autre m'a permis de découvrir un monde sous-jacent que ma sensibilité n'aurait peut-être pas touché et de trouver dans ce monde un équilibre simplement parce que le nombre de miroirs se multiplie à l'infini et qu'enfin je n'étais plus réduit à une seule image.
N. O. - Votre narrateur et son amie androgyne se rattachent-ils au modèle romantique de Quasimodo ou de «l'Homme qui rit» ?
A. Casas Ros. - Un visage modifié a quelque chose de mythique. Je comprends que dans certaines cultures on révère les monstres, qui deviennent une sorte de lien, de lieu de passage entre la réalité objective, lumineuse, et le monde plus mystérieux de l'ombre. Il y a un lien entre l'extrême beauté et la laideur, une attraction, une aventure, un danger qui attire irrémédiablement.
N. O. - L'éternel éloge du «sans forme», du «chaos», ne relève-t-il pas d'une forme d'académisme ?
A. Casas Ros. - Pour moi, le chaos est une autre forme d'harmonie. Il me touche dans la peinture, dans la musique, dans la littérature, où il est un peu plus ordonné grâce à la nature du langage, qui supporte moins l'anarchie totale. Avoir un visage «cubiste» dans son essence fait émerger une profonde réflexion sur le chaos avec lequel on joue quotidiennement. Mais la perception du chaos donne aussi une vision plus riche de la réalité, et peu à peu j'ai découvert que, dans tout chaos, il y a une harmonie secrète, un émerveillement.
N. O. - Vous faites l'éloge du transsexuel. En quoi est-il sexuellement supérieur à la femme ?
A. Casas Ros. - Il n'est pas supérieur, mais il est extrêmement mystérieux. Entrer en contact profond avec un androgyne, un ou une transexuelle, c'est se soumettre à une sorte d'alchimie des sentiments et des perceptions qui rénovent totalement l'ancien édifice des passions. Le plaisir extrême que j'y trouve est celui d'une totalité qui semble s'offrir au-delà de toute appartenance codifiée. C'est perdre l'autre, car on ne peut plus le fixer dans une image, et c'est se retrouver soi-même dans une perception plus vaste, moins marquée. C'est découvrir aussi des sous-couches multiples à ce que nous croyons être une sorte de chute vertigineuse.
N. O. - Que pensez-vous du visage de Michael Jackson ?
A. Casas Ros. - Il y a une différence fondamentale entre un visage auquel la forme est soustraite et un visage qui se fait mutiler dans une quête absurde de la beauté ou d'une certaine forme de beauté. Cette différence, c'est le hasard, qui ne semble pas se soucier d'esthétique, ou du moins pas dans le sens où nous l'entendons. Ce qui me fascine dans un visage refait dans une intention esthétique, c'est que le hasard semble plus puissant que le désir de beauté et qu'il se glisse insidieusement dans la main du chirurgien pour affirmer son existence. C'est très émouvant.
N. O. - Pourquoi ces références à Newton ? La structure de votre livre emprunte-t-elle aux mathématiques ? Qu'est-ce que les mathématiques vous ont-elles appris sur l'art de la littérature ?
A. Casas Ros. - J'ai toujours adoré Newton, comme d'ailleurs tous les mathématiciens qui ont inventé leur art à une époque où tout était à découvrir. Il y avait un champ de possibles et de questionnements infini qui devait être très stimulant. Il est clair pour moi que c'est toujours le cas, ou du moins que les grands mathématiciens ont cette perception. Cela me rassure de voir que le champ d'investigation ne se rétrécit pas à mesure que la science avance mais semble au contraire totalement exponentiel. C'est ce qui en fait de l'art. C'est cette perception qui m'a tant donné en littérature. On peut avoir l'impression que tout a été fait, que tout a été tenté, ce qui pousse certains, ceux qui ne voient pas que rien encore n'a été fait, à une sorte d'académisme moderniste et sec. Si l'on voit au contraire les grandes tentatives de déconstruction comme un événement non situé dans une continuité qui devrait aller dans une direction, alors, tout est possible, et la «Vita Nova» [de Dante Alighieri] est aussi novatrice que «les Détectives sauvages» [roman du Chilien Roberto Bolahof.
N. O. - Quels sont vos maîtres en prose française ? En poésie française ?
A. Casas Ros. - J'ai une fascination pour Diderot et pour les grands matérialistes français comme La Mettrie, Sade, Holbach. Ils ont fait des pas de géants, et ils étaient un peu dans la même sphère que des gens comme Newton, où tout était possible. J'aime Lesage pour la vivacité du récit, j'aime Rétif de La Bretonne pour son acuité descriptive et, pour la poésie, Apollinaire, Genêt, Zéno Bianu.
N. O. - Quels sont vos «livres de chevet» ?
A. Casas Ros. - Père Calders, un immense écrivain catalan dont on peut lire en français les magnifiques nouvelles «Chroniques de la vérité cachée», auTrabucaire. Bolano (tous ses livres), Vila-Matas (tous), Basara, son «Guide de Mongolie». Clara Janés, grande poétesse catalane, et Juarroz, dont je ne me lasse pas. Pour les découvertes, je déguste en ce moment «l'Esprit du mal» de Nathalie Zaltzman, un bijou de finesse et de clairvoyance politique.
N. O. - Dans la réalité, quelles sont vos relations avec Almodovar ?
A. Casas Ros. - Je n'ai jamais rencontré Almodovar, mais j'ai développé une fantaisie à propos de son regard, et c'est sous le coup de cette fascination que je me suis mis à écrire. Il m'a libéré de mon angoisse en quelque sorte et j'ai accueilli sa promenade gracieuse dans mon roman.
N. O. - La techno, «musique de dissolution», dites-vous. Pourriez-vous développer ?
A. Casas Ros. - Il y a la répétition rythmique, l'intensité du son, l'impact direct du son sur le corps, c'est comme d'être pénétré par une main qui vient fouiller dans vos organes. Elle provoque une sorte d'extase du «trop» qui rend le silence immense. Il y a une jouissance de passer de la saturation sonore au silence infini.
N. O. - Pouvez-vous confirmer que «les blondes ne souffrent pas» ?
A. Casas Ros. - Non, c'est une remarque de brune !
N. O. - Avez-vous déjà mangé du cerf ?
A Casas Ros. - Jamais, j'aurais trop peur de me transformer soudainement en cerf et d'être obligé de fuir les meutes de chasseurs alcoolisés. Je n'ai pas envie que mes bois finissent dans un salon !

Antoni Casas Ros

Fils d'un ingénieur et d'une professeur de mathématiques, Antoni Casas Ros est né en 1972 en Catalogne. Il vit à Rome. «Le Théorème d'Almodovar» est son premier roman. Il s'est déjà vendu à 10 000 exemplaires.


Le Théorème d'Almodovar, l'horreur en beauté

"Le destin m'a fait le cadeau de me tuer très tôt pour que je commence à vivre", confie Antoni Casas Ros, dans son "Théorème d'Almodovar", dont il est à la fois l'auteur et le narrateur, marqué à tout jamais, dans sa chair, dans son âme par un accident de la route survenu une nuit de joie et d'ivresse alors qu'il traversait la forêt en 4L vingt ans plus tôt. Cet accident lui aura ravi la jeune femme qu'il aimait, aura anéanti les rêves qu'il bâtissait, dérobé son image, arraché son visage, et façonné tout son être en "marge du monde". Et pourtant de cette "première rencontre avec Newton", ce jeune mathématicien à l'avenir contrarié, parvient à composer un "Théorème" poétique et onirique par lequel il établit qu'"il suffit de regarder assez longtemps pour transformer l'horreur en beauté".

L'horreur s'est inscrite sur le visage d'Antoni Casas Ros alors qu'il évitait cet obstacle dressé sur son chemin en cette nuit affreusement irréparable, alors qu'il épargnait ce cerf majestueux au regard doux comme le velours et fixé à jamais en beauté en son esprit. Ce bel animal mythique, symbole de sa mort et de sa résurrection, il l'accueille dans son salon, sans rancune aucune, avec tendresse même, d'autant qu'il lui reconnaît le rôle le plus crucial de son existence, à l'origine dramatique de la plus profonde des rencontres, celle de sa propre "substance" qui "toute entière", affirme-t-il, "réside dans ce livre".

Et s'il se dit "heureux d'être en vie", Antoni Casas Ros a malgré tout choisi de s'extraire du monde qu'il entend épargner de "la peur" et du "dégoût" qu'il s'inspire probablement au premier chef, au point d'avoir banni le reflet même de son visage et de tout miroir en sa demeure. Il est ainsi passé maître dans l'art de se "raser au toucher". Sur cette absence d'image de soi, il a reconstruit son identité, est parvenu à "s'inventer une vie de solitude" qu'il nourrit de minutieuses contemplations, de profondes méditations, de l'exploration des sens, du sens, de ses voyages au coeur de l'Art et a fortiori de la Littérature.

"Catalan d'esprit et de nom", qui se dit convaincu que son portrait de "style cubiste" aurait été "haï" par Picasso, que son célébrissime "compatriote" l'aurait sans doute vu tel une "négation de son invention", Antoni Casas Ros se veut artiste-peintre en écriture.

Dans l'écriture, l'auteur se délivre de son carcan, applique à la lettre son axiome qui établit que "toute oeuvre d'art réveille en nous ce que l'être a de plus vivant, de plus subversif, de plus libre"; il se saisit de son pinceau puisque la peinture en particulier est dotée de ce "droit magnifique de faire violence à notre imaginaire" et, "palette en main", en une multitude de traits de poésie irisée, rehaussés parfois de touches moins nuancées, maladroites aussi, il "pein[t] ce livre".

A ses yeux, le cinéma aussi, c'est de la peinture. L'Espagnol Pedro "Almodovar est un peintre", les cinéastes sont "des peintres qui ne s'ignorent pas", pose-t-il. Le réalisateur de "Tout sur ma mère" peint donc le film du livre dans le livre peint par Casas Ros. L'histoire de sa relation intime, de confiance, dénuée de tabous, instaurée avec un autre "Freak", Lisa, sous le regard bienveillant du cerf à la présence magique, au pelage parfois rosé. Un trio béni par la mère du narrateur que "l'extraordinaire ne surprend jamais, [que] seule la médiocrité (..) contrarie".

Casas Ros s'étonnait tant que "le besoin de séduire" perdure en lui, que le rêve d'une étreinte luise encore au coeur de ses ténèbres, après tant d'années d'isolement absolu. Grâce à Lisa, cet être en marge, il renoue avec la chaleur de la caresse, la jouissance de la chair, l'assouvissement du désir, la vibration de l'émotion, le sentiment amoureux. Lisa, sa prostituée hermaphrodite, "une femme qui a une bite" quoi... Une bite "belle comme un Brancusi".

L'homme sans visage qui ne s'aventurait dehors que la nuit pour se fondre dans l'obscurité des ruelles de la ville de Gênes, à l'heure où tous les chats sont gris, où sont bravés les interdits, brisés les tabous, où se fondent les formes, se confondent les normes, envisage peu à peu d'apprivoiser son image dans des miroirs tout neufs.

L'idée de recourir à la chirurgie esthétique en quête d'un "visage humain" bien sûr demeure ancrée dans son esprit, sa mère l'y encourage, Lisa aussi. Mais parvenu à l'acceptation de soi et à une harmonie relatives, au prix de tant d"efforts" qu'il refuse de voir "réduits à néant", il craint de "redevenir quelqu'un de normal. De ne plus avoir aucune excuse pour vivre en marge du monde".

Aussi son "Théorème" pose-t-il que "la puissance du monde [est] divisée par [son] incapacité à le rencontrer".

Il juge ses oreilles bien dessinées, belle sa chevelure noire et bouclée. Quant à sa bouche, "il n'y a rien à redire. Jolis contours" même, souligne-t-il non sans une touchante fierté. "Il n'aurait plus manqué qu'un bec-de-lièvre pour [le] pousser par la fenêtre", ajoute-t-il d'un air de rien, ironique et détaché alors qu'il évoque le saut de l'ange, imagine sa face écrasée "sur l'asphalte", sous le regard indifférent des passants. La vie se sera accrochée à ces belles lèvres où la mort tentait de poser une nouvelle fois son baiser glacial.

Rivée à ses yeux aussi, qui furent "épargnés dans leur forme et capacité de voir", qui se fixent essentiellement dans les regards, qui ne voient que les yeux, à l'instar d'Alberto Giacometti qui aimait à rappeler que dans "un visage humain, on regarde surtout les yeux, plutôt que la bouche, que le bout du nez, même quand on regarde un chat d'ailleurs... l'oeil a ça de particulier qu'il est fait d'une autre matière que le reste du visage. Le reste est plus ou moins flou".

Formule newtonienne particulière, clin d'oeil malicieux, le Théorème d'Almodovar est une invitation à la navigation entre les genres, au coeur d'une "âme" - le mot plaît à cet athée de Casas Ros pour "sa part indéfinissable" - d'une étendue qui n'existe peut-être que sous la forme d'un accident...

Zoé Balthus

mardi 18 mars 2008

Deux textes en néerlandais trad. Tine Steeman

Oneindig

Voor Enrique Vila-Matas

Magie geeft de donkerste zielen hun onschuld terug. Maar wat blijft er over van de duif die uit een zakdoek tevoorschijn komt behalve een vogel in een kooi? Wat blijft er over van de met messen doorboorde of de in de tweeën gezaagde vrouw behalve iemand die niet meer in illusies gelooft?
Op een dag wilde ik er het fijne van weten en stapte ik ‘De koning van de magie’ binnen, die winkel in de caller Matas in Barcelona.
Ik vroeg: ‘Waar gaat de illusie heen als ze verdwijnt?’
Vanachter een bril met stalen montuur keek de oude man me vriendelijk aan met zijn grote, droeve ogen. Hij gebaarde dat ik met hem mee moest lopen naar achteren, naar een met zwart fluweel bespannen hok, waarin alleen twee stoelen stonden. Banale stoelen zoals je in oude cafés ziet, met een rugleuning bestaande uit twee gebogen stukken hout die op het hoogste punt aan elkaar zijn vastgeschroefd. Ik ging op een ervan zitten, tegenover de oude man, die uit zijn linkerhand een grote kartonnen kegel in schitterend metaalrood tevoorschijn toverde.
‘Ga deze kegel binnen.’
De kegel was te klein om er fysiek binnen te gaan, maar ik ging er via mijn gedachten binnen door bij mezelf te zeggen: ik zei dat die kegel groot was in vergelijking met de hand van de tovenaar, maar hij is klein in vergelijking met mijn lichaam, laten we de zaken dus omdraaien en die kegel binnengaan.
Reisverhaal: hoe verder ik ging, hoe smaller de kegel werd, zodat ik me moest bukken, daarna moest neerhurken en ten slotte kruipen om niet zonder moeite een kleine, blinkende ronde opening te bereiken. Zodra mijn lichaam uit de kegel tevoorschijn kwam, viel ik een of twee eeuwen lang in de leegte neer. Geen enkele vorm, geen enkele rand, geen enkel teken, niet één duif. Van kunstgrepen bleef er niets over. Van trucage geen spoor.
Is het mogelijk om de illusie van oneindigheid te geven? De illusie heeft de vorm nodig en de vorm wekt de illusie, maar in de leegte geen verleden, geen toekomst en het heden zelf is ongrijpbaar. Tijdens de eerste tien jaar van mijn val was ik bang om neer te storten op het oneindige, dat ik me als een betonplaat inbeeldde. Later, nog steeds tijdens die duizelingwekkende val vroeg ik me af of je tot in het oneindige in het oneindige kunt vallen, of iets ooit zonder eind kan zijn.




Artiest

Alfonsino heeft nooit gedichten geschreven, nooit geschilderd, nooit gezongen of een instrument bespeeld. Sommigen beweren dat hij Cubaan is, anderen zien een Chileen in hem, maar over een ding is iedereen het eens: Alfonsino is een artiest. Niemand weet wie hem die liefdevolle voornaam heeft gegeven, niemand weet of het zijn echte voornaam is. Er is maar een ding zeker, namelijk dat hij elke ochtend om acht uur in het ‘Visserscafé’ in Barceloneta aankomt, dat de barman hem een cortado inschenkt en dat dat al jaren zo is. Het enige wat vaststaat, is dat Alfonsino in de buurt woont. In een dienstbodekamer. Hij heeft wel een brievenbus maar zonder naam en hij krijgt nooit post. Er werd gezegd dat hij een revolutionair was. Er werd gezegd dat hij een crimineel was. Er werd gezegd dat hij een vent was die op een dag het huis uit was gegaan om sigaretten te kopen. Alfonsino leefde in armoede, maar hij had een zekere elegantie. Hij droeg altijd hetzelfde zwarte pak, dezelfde zwarte das. Hij moest minstens twee witte overhemden hebben, want vaak kon je er een aan zijn raam te drogen zien hangen. Zomer en winter droeg hij dezelfde schoenen, zwarte mocassins. Hij was altijd gladgeschoren. Hij had in zijn gezicht iets kinderlijk zachtmoedigs, dat tevoorschijn kwam uit een netwerk van uiterst diepe rimpels. Het werd vergeleken met een rangeerterrein.
Zijn diepe, droeve, maar stralende blik en zijn glimlach raakten iedereen. Zijn mond was bijzonder groot, zijn lippen dik. Persoonlijk geloof ik meer in de Cubaanse versie, hij heeft Afrikaans bloed in zich. De nostalgische blik van een woestijnreiziger, de houding van een oud roofdier dat de wereld afstandelijk en onverschillig bekijkt, maar je wel binnenlaat. Soms had ik de indruk dat ik in hem rondwandelde. Hij doorstond mijn blik. Hij vluchtte nooit.
Alfonsino wekte bewondering op en wanneer iemand naar hem toe ging om met hem te praten, hief hij een open hand, een versleten, gerimpelde hand, een hand met duizend lijnen, een op zijn gezicht gelijkende hand en met dat gebaar legde hij het zwijgen op. Je kon zijn gezicht in zijn hand zien en zijn hart in zijn ogen.
Tijdens de maanden die ik in Barceloneta doorbracht, behoorde ik tot degenen die voor geen geld ter wereld de cortado van acht uur wilden missen.
Wanneer de ober de cortado op de bar neerzette, keek Alfonsino er een paar minuten naar, dan naderde zijn licht bevende hand het glas, dat hij niet meteen ophief. Hij bleef een minuut of twee in contact met de warmte, zijn lichaam was roerloos en ontspannen. De gesprekken vielen onvermijdelijk stil, zelfs als FC Barcelona had gewonnen, alle blikken werden op Alfonsino gericht. Dan beschreef zijn arm in een langzaam, uiterst vloeiend gebaar een boog in de ruimte en bracht het glas cortado aan zijn lippen. Hij dronk met kleine slokjes, tot het leeg was. Er bleef altijd wat schuim over. Hij zette het glas weer neer, betaalde, trok zijn winterjas weer aan en ging naar buiten na ons een kort knikje te hebben gegeven. Dan hervatten de gesprekken. Soms hadden we het over hem en de zin die het vaakst terugkwam was: ‘Wat een artiest!’
Alfonsino mocht me graag. Mijn verwoeste gezicht raakte hem. Hij keek me altijd aan voordat hij wegging en soms, niet altijd, lachte hij naar me. Ik vond het fijn dat zijn glimlach niet automatisch kwam. Je kunt niet altijd lachen naar iemand die lijdt. Dat wist hij.
De dag waarop ik besloot Barcelona te verlaten, ging ik voor de laatste keer de cortado van acht uur bijwonen.
Hij voelde waarschijnlijk dat het onze allerlaatste ontmoeting was, want alvorens naar buiten te gaan kwam hij naar me toe, legde zijn hand op het midden van mijn borst en liet hem daar een paar minuten rusten. Ik wandelde door zijn woestijn en daarna ging hij weg.
Sinds die dag is mijn hart lichter geworden.

lundi 17 mars 2008

LIBERATION
Douleur et beauté
SERGI PÀMIES
QUOTIDIEN : jeudi 13 mars 2008
Antoni Casas Ros Le Théorème d’Almodóvar Gallimard, 145 pp., 12,50 euros.

En flânant dans une des Fnac de Barcelone, je tombe sur un roman édité par Gallimard, écrit par Antoni Casas Ros et intitulé le Théorème d’Almodóvar. La curiosité est un chasseur solitaire, qui fait mouche : j’achète le livre et je le lis. J’ignore tout de son auteur, mais j’apprends par la suite qu’il habite Rome et qu’il a des origines catalanes (Ros décrit son père de cette façon : «Mon père est de droite, ma mère de gauche. Dire que mon père est de droite est un euphémisme. Bien qu’il s’en garde, c’est un fasciste. Tous ses propos transpirent le franquisme»). Ainsi, d’emblée, le théorème a mis en branle les mécanismes dissonants du hasard : moi, écrivain catalan né en France, fils de communistes, je lis à Barcelone le roman en français d’un Français d’origine catalane résidant à Rome.

Collision.L’argument est délibérément étrange et présente des références cinématographiques : Almodóvar. Cependant, certains moments de l’action rappellent le drame mis en scène par Alejandro Amenábar dans Ouvre les yeux. Le théorème se poursuit : nous avons un argument apparemment lié à Almodóvar, mais fortement empreint de cette angoisse psychologique tellement prisée par Amenábar. C’est comme la rencontre au coin d’une rue des deux cinéastes espagnols les plus applaudis de leur époque. Le roman parle d’un homme qui est défiguré à la suite d’un accident de voiture, qui s’est produit lorsque l’homme a essayé d’éviter une collision avec un cerf. À cause de sa difformité, le protagoniste s’enferme dans un isolement torturé, compensé par la présence d’un monde virtuel où alternent le cybersexe et les mathématiques (il définit ainsi le théorème : «Il suffit de regarder assez longtemps pour transformer l’horreur en beauté»).

Ensuite, dans un bar de Barcelone, le hasard lui fait rencontrer Almodóvar, qui s’enthousiasme à l’idée d’un possible scénario avec un personnage défiguré et une histoire d’amour intense avec une prostituée transsexuelle.

Ce n’est pas une image invraisemblable car, il y a quelques années, Almodóvar a tourné à Barcelone un film (Tout sur ma mère) dans laquelle apparaissait une inoubliable prostituée transsexuelle. La Barcelone d’Almodóvar, qui est de la Manche, comme Don Quichotte, ressemblait de loin à la véritable Barcelone parce que, grâce à la fiction, les cerfs qui traversent la route n’ont pas à mourir (cela, nous l’avons appris de Cervantes, un autre amoureux de Barcelone).

Dans cette Barcelone almodovarienne (sombre, humide, rappelant ce qu’avait écrit Jean Giono : «Je n’ai pas aimé Barcelone. C’est un Marseille asthmatique»), où Casas Ros trouve la motivation pour un projet susceptible de le tirer de son isolement difforme, les prostituées vivaient dans des immeubles dessinés par l’architecte Gaudí, décors monumentaux pour une marginalité sans complexes et impossible. À propos, Gaudí s’appelait Antoni, comme Casas Ros, et, lorsqu’il a commencé à bâtir ses étranges édifices, les gens ont tardé à comprendre qu’il fallait regarder longtemps cette horreur présumée pour en découvrir la beauté. Gaudí a été renversé par un tramway qui, au lieu d’éviter l’architecte avec la sensibilité du personnage de Casas Ros envers le cerf, l’a heurté de plein fouet. Alors, Gaudí était dans un grand désarroi existentiel et vivait dans un certain abandon. On raconte que son corps était tellement pitoyable que personne ne voulut l’emmener à l’hôpital et que, lorsqu’on s’occupa enfin de lui, on le prit pour un vagabond.

Combustible.Le roman de Casas Ros ne parle pas de Gaudí, mais il présente des outrances modernistes et cultive un romantisme philosophique qui s’accordent bien aux fascinantes disproportions de l’architecte. C’est un roman sur la beauté dont le narrateur est condamné à la difformité, un exercice d’exhibitionnisme psychologique de la monstruosité, avec des envolées de lyrisme naïf, illuminant une confession sombre et torrentielle. Le désespoir est le combustible poétique de ce témoignage ; à certains moments, j’ai pensé à la Tardor barcelonina (l’Automne barcelonais), de Francesc Pujols, quand celui-ci écrivait : «J’ai voulu me suicider, mais je me suis rappelé qu’un jour viendrait où je penserais : qu’elle était belle l’époque où tu voulais te suicider.» Le théorème existe à partir de la géométrie de la douleur et du désir. El deseo, le désir, c’est d’ailleurs le nom de la maison de production d’Almodóvar.

Traduit de l’espagnol par Edmond Raillard.

L'EXPRESS

Le clandestin de la nuit


par Marianne Payot

Jeune auteur défiguré et invisible, Antoni Casas Ros signe un premier roman magistral. Impressionnant.

C'est un coup de poing dans le plexus, une comète dans l'infini du ciel, un livre choc qui rappelle le Mars de Fritz Zorn, ce cri saisissant d'un jeune bourgeois zurichois atteint de cancer.

On ne verra pas Antoni Casas Ros sur le petit écran. Depuis quinze ans, depuis la funeste rencontre de sa 4 L et d'un cerf «surgi de la forêt, naseaux fumants», le Catalano-Piémontais n'est plus qu' «une photo bougée qui pourrait faire penser à un visage». A 20 ans, le jeune mathématicien plein d'avenir est entré dans l'apprentissage de la solitude. De port en port (Barcelone, Nice, Naples, Gênes), il a hanté le monde de la nuit, emplissant le jour de ses rêveries.

L'écriture contre le désespoir
Un matin, la grâce du regard du cinéaste Almodóvar aidant, il a troqué le désespoir contre l'écriture, substitué à son statut d'humain rongé par l'isolement celui d'écrivain «éminemment seul». Trouver la fête «au centre de l'espace vide», percer l'équation du désir... La quête du navigateur au visage cubiste s'inscrit dans chacune de ces pages. Entre réalité et fantasmes, le narrateur rencontre Almodóvar, dont il deviendra l'un des héros, et Lisa, androgyne aux formes magiques. De la fusion entre les deux clandestins de la nuit, qui expérimentent, seconde après seconde, la curiosité du monde, naîtra l'impossible légèreté.

Mystification? Tour de passe-passe à la Romain Gary? Face à un auteur invisible et à la lecture d'un premier roman aussi maîtrisé, la question ne peut pas ne pas se poser. Chez Gallimard, bien sûr, on l'a évoquée puis repoussée. Agent littéraire, coups de fil, adresse Internet, blog... autant d'indices qui étayent l'existence d'un nouvel écrivain. Quoi qu'il en soit, la beauté du texte demeurera.

jeudi 13 mars 2008